- ¡Mario!, ¡Mario!
Es un alboroto, lleno de periodistas, fotógrafos, improvisados, sapos, fanáticos, políticos, funcionarios, todos quieren estar aquí. Yo necesito que mire para este lado, sacarle la foto y largarme. No me cae bien Vargas Llosa.
- ¡Mario, qué opinas de "la plata llega sola"!, suelta un periodista político buscando el titular de mañana. Sonríe sin querer, impostado, cortez, Nobel, pero no mira para mi lado. Corro hacia el otro lado pero ya entró al salón de conferencias. Soy un pésimo fotógrafo de prensa.
Todos están apretados, hablando, comentando si se ve cansado, si hablará de Patricia otra vez.
Fue Giovanna Pollarollo quien me lo presentó. Hacía mis prácticas en la revista que ella editaba y en alguna de las conversaciones de mañana que teníamos ella, Rocío y yo, mencioné que no me gustaba Vargas Llosa. Era una declaración provocadora e irreverente; cínica porquecierto ni siquiera había leido una novela completa, siempre dejaba todo a medias. Recordaba Los Cachorros con cariño, pero no era suficiente para decir que era un escritor importante para mí.
Pero lo era para Giova y me dijo que tal vez no había leido con suficiente atención. Al día siguiente me trajo una vieja edición de La guerra del fin del mundo. Me conmovió su gesto. Quería aprender de ella, claro. Escribió un poema que me gustaban mucho.
Esa noche en casa me dispuse a leer. Bañado, cambiado, sentado en mi escritorio con la luz de la lamparita. Nada, me aburrí inmensamente solo en el prólogo. Claro, mala estrategia leer el prólogo de una obra que parecía tan densa. Los días siguientes fueron un suplicio culposo por terminar de leer la obra que me habían prestado contanto cariño. Fracaso. Ella me preguntaba y yo trataba de distraerla con análisis lingüísticos y literarios, la asociaba con tal o cual tendencia literaria, con algunos rastros de algunos otros autores o al revés.
Claro Giova sabía que yo no leía nada. Así que un día tuve que devolver el libro. Confundido entre otros libros de mi casa, estaba junto a uno de Italo Calvino y me enamoré de sus cuentos. Había uno muy lindo en ese libro de una pareja que se cruzaba. Ella trabajaba de día y el de noche. Él sospechaba que ella lo engañaba porque solo su lado de la cama estaba destendido: ¿dónde dormía ella? Ese día regresó antes de que ella despertará con la esperanza de descubrir la infidelidad. Solo la encontró a ella, echada del mismo lado que él dejaba destendido cuando se iba; o algo así era el cuento. (http://www.con-versiones.com/nota0303.htm)
No recuerdo nada del libro de Giova, a ella sí, mucho.
- ¡Mario! ¡Mario! la gente sigue gritando, y él está cansado de sonreir. Refunfuña un poco de preguntas que no entiende. Supongo que con la edad uno es un poco menos tolerante con esas cosas. Volteó por fin, tomo la foto. Nada espectacular, plano medio mientras sonríe.
No sé cómo me hice fotógrafo de prensa.
Es un alboroto, lleno de periodistas, fotógrafos, improvisados, sapos, fanáticos, políticos, funcionarios, todos quieren estar aquí. Yo necesito que mire para este lado, sacarle la foto y largarme. No me cae bien Vargas Llosa.
- ¡Mario, qué opinas de "la plata llega sola"!, suelta un periodista político buscando el titular de mañana. Sonríe sin querer, impostado, cortez, Nobel, pero no mira para mi lado. Corro hacia el otro lado pero ya entró al salón de conferencias. Soy un pésimo fotógrafo de prensa.
Todos están apretados, hablando, comentando si se ve cansado, si hablará de Patricia otra vez.
Fue Giovanna Pollarollo quien me lo presentó. Hacía mis prácticas en la revista que ella editaba y en alguna de las conversaciones de mañana que teníamos ella, Rocío y yo, mencioné que no me gustaba Vargas Llosa. Era una declaración provocadora e irreverente; cínica porquecierto ni siquiera había leido una novela completa, siempre dejaba todo a medias. Recordaba Los Cachorros con cariño, pero no era suficiente para decir que era un escritor importante para mí.
Pero lo era para Giova y me dijo que tal vez no había leido con suficiente atención. Al día siguiente me trajo una vieja edición de La guerra del fin del mundo. Me conmovió su gesto. Quería aprender de ella, claro. Escribió un poema que me gustaban mucho.
Esa noche en casa me dispuse a leer. Bañado, cambiado, sentado en mi escritorio con la luz de la lamparita. Nada, me aburrí inmensamente solo en el prólogo. Claro, mala estrategia leer el prólogo de una obra que parecía tan densa. Los días siguientes fueron un suplicio culposo por terminar de leer la obra que me habían prestado contanto cariño. Fracaso. Ella me preguntaba y yo trataba de distraerla con análisis lingüísticos y literarios, la asociaba con tal o cual tendencia literaria, con algunos rastros de algunos otros autores o al revés.
Claro Giova sabía que yo no leía nada. Así que un día tuve que devolver el libro. Confundido entre otros libros de mi casa, estaba junto a uno de Italo Calvino y me enamoré de sus cuentos. Había uno muy lindo en ese libro de una pareja que se cruzaba. Ella trabajaba de día y el de noche. Él sospechaba que ella lo engañaba porque solo su lado de la cama estaba destendido: ¿dónde dormía ella? Ese día regresó antes de que ella despertará con la esperanza de descubrir la infidelidad. Solo la encontró a ella, echada del mismo lado que él dejaba destendido cuando se iba; o algo así era el cuento. (http://www.con-versiones.com/nota0303.htm)
No recuerdo nada del libro de Giova, a ella sí, mucho.
- ¡Mario! ¡Mario! la gente sigue gritando, y él está cansado de sonreir. Refunfuña un poco de preguntas que no entiende. Supongo que con la edad uno es un poco menos tolerante con esas cosas. Volteó por fin, tomo la foto. Nada espectacular, plano medio mientras sonríe.
No sé cómo me hice fotógrafo de prensa.
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