Anselmo, el brillante bibliotecario italiano, revisaba con rigurosidad cada libro que resbalase o por tropiezos cayese en sus manos. La curiosa estrella de mar leía con pasión cada una de las letras impresas adornadas con el papel que las soportaba. Ese martes, en el que compró el anillo al grandioso futbolista de la Roma, el capitán Beto, Anselmo resbaló en la biblioteca mejor encerada de Europa. Al tratar de sostenerse de algo, arañó un libro inmenso que rodó con él por el suelo. Abriose el libro en la página 58:
Anselmo significa: Dios en mi defensa.
Nació en Aosta del Piamonte (Italia). De noble familia lombarda, su padre quiso educarle para la política, por lo que nunca aprobó su temprana decisión de hacerse monje. Recibió una excelente educación clásica, siendo tenido por uno de los mejores latinistas de su tiempo. Su padre era muy amigo de las fiestas y de aparecer bien en público. La mamá, en cambio, era sumamente piadosa y humilde. Mientras el papá lo animaba a ser un triunfador, la madre le mostraba el bellísimo cielo azul de Italia y le decía: allá arriba empieza el verdadero reino de Dios. Y Anselmo se fue inclinando más a ganarse su cielo que la mamá le mostraba, que las glorias humanas que le ponderaba su padre.
Al leer la vida de San Anselmo, el bibliotecario se dedicó al fútbol, pues pensó peligrosa la herencia y la repetición. Así, la Roma se hizo del mejor 10 de su historia, se deshizo de Beto, ganó la Champion´s League y espera al Rangers donde el arquero Josué, analfabeto caracol protestante, mantiene invicta su valla. "Los antepasados para los japoneses", pensaba Anselmo mientras tomaba Gatorade y escuchaba una canción de Spinetta.
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