martes, 12 de octubre de 2004
Godo y Tilde
- No, no pequeño Godofredo, ya no te va bien ese vocabulario, le decía la oruga al pequeño marrano. - El súper sufrimiento y las culpas Godofredo son injustas para el animalario. A cada quién lo que le corresponde, argumentaba la oruga que pendía de una hoja. Godofredo la miraba asintiendo con la cabeza, mirando tiernamente cómo se meneaban los pelos de la premariposa. - Es así Godofredo, a los marranitos como tú se les adjetiva al nacer. Pero es importante huir de los adjetivos y las partículas pronominales, suelen complicar la existencia. Tú, responsable de tu marranez y los demás de la suya. Decía muy segura la oruga. - Lo sé Matilda, oruga verde de las hojas del rosal. Es que ando tan enlodado... - Pues a bañarse Godofredo, que una cosa es el lodo en la piel y otra muy distinta el barro entre los dedos que se te pegotea para siempre. - Matilda, tú me escuchaste decir y me viste hacer Matilda. Tú cambiarás y volarás, podrás llegar a donde vive el Anselmo. Yo no puedo caminar tanto, seré siempre el mismo con la misma colita retorcida y los ojos pequeños sobre pómulos rechonchos. Matilde reía mientras se enredaba en el cuello de Godofredo. - Marrano impaciente, cada uno camina lo que quiere aunque los músculos no aguanten. Sí, te he escuchado decir y visto hacer, pero recién empiezas a ver el color de tu piel. Ten paciencia.
Atardecía en La Rue de Saint Elise, Godofredo sonreía con las palabras de Matilde. El marranillo echóse a andar.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario