martes, 7 de setiembre de 2004

La muerte de la pantufla

No duermo. Los párpados escuchan su llanto implacable. De pronto todo el odio acumulado contra los otros se precipita sobre ella. La odio y la miro y entonces la abrazo como si fuera una gran venganza hacerlo. Camina alrededor mío intentando trepar mis piernas por algún camino inexistente. Aún estoy adormecido y siento la cabeza expandirse como un contenedor de energía a punto de estallar. Y sé que es la violencia desmedida que me hace fantasear cortarle la cabeza con el machete de fierro forjado. Me acerco al cajón de la cocina, ella viene persiguiendo los sonidos de mis pantuflas. La oscuridad la esconde y debo regresar para buscarla. De pronto me salta al pie y muerde la pantufla con una irrefrenable furia. Mueve la cabeza hacia los lados, descontrolada, asesina. Entonces levanta el rostro y me mira para hacerme cómplice del asesinato. Sonrío, le acaricio la cabeza, mueve la cola, menea su cuerpo oscuro, la acuesto, me acuesto, llora.

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