jueves, 16 de setiembre de 2004
Al fin de la batalla y muerto el combatiente
- Arroyo, suenan las campanas a lo lejos. - Las he escuchado sargento.
- Es momento de huir Arroyo nos superan en número. - Lo sé sargento. Sargento, un gran temor se ha apoderado de mí. - Qué sucede Arroyo, es usted fuerte, noble y sensato.
Entonces, el arroyo sonrió de contento y siguió fluyendo con el sargento entre sus aguas mientras se alejaba del campo de batalla. Ni la pólvora ni la sangre de los muertos los pudieron alcanzar. Llegaron a las faldas del cerro.
- Sargento, me siento débil.
- Fuerza Arroyo, tus cristalinas aguas deben llegar al mar.
- Lo siento sargento, no puedo seguir huyendo, la pendiente ha muerto.
- Es verdad, puedo ver su cadáver regado en el valle. Adiós Arroyo.
- Pido permiso para morir sargento.
Las lágrimas corrían por el rostro del valeroso militar y las medallas se oxidaban rápidamente.
- Permiso concedido Arroyo.
- Gracias sargento.
El sargento lavó sus manos en la laguna, la guerra no era suya.
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