jueves, 1 de julio de 2004

No hay espejo en el baño

Enjugas las lágrimas, retratas tus espaldas el momento en el que te vas. Muerdes el polvo lentamente antes de tragar para digerir el espasmo. Lames la permanencia de tus pupilas dilatadas, abres las sábanas rasgadas por la mitad, reniegas del texto que pende del techo, te abrazas sin sonreír mientras el agua hierve. La sangre desciende por las tuberías de tu rostro en un grito. Las palomas han hecho un nido en la esquina del alero, las piedras sobre ellas las han matado mientras terminaban de arrobarse entre las pajas recogidas del suelo anegado por la garúa. Compareces ante ellos que te miran subordinados, conmovidos por tu pétrea desnudez. La luz se atenúa y dibuja las sombras sobre la felpa, las sienes, los pechos, las manos, las uñas que se adhieren a las paredes maquilladas. Encuentras una ruta secreta para huir, tu mirada la cierra. Ya no abrazas, ya no corres, no te mueves, enmudeces, te detienes, retrocedes velozmente. Los mismos anaqueles y libreros caen sobre el cuerpo que yace. Sostente un poco de las rocas filosas, salta el alambre electrizante. Camina, respira, déjate andar un poco, roba el aliento restante entre la bruma, mírate las huellas en las manos y camina igual.

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