miércoles, 7 de julio de 2004

El ogro, el rey y las alas inexistentes

El recuerdo, la certeza propia de la existencia anterior, se filtra durante los años cuando algún ingente ogro empieza el recuento. Cubre sus pasos con hojas secas que gritan al encharcarse entre las sombras y el líquido de tus ojos mortecinos. Frota su ojo con algunas rocas que recoge del camino hasta que lacera su órbita y la sangre floja e incolora recorre su adolorido pecho. Convaleciente de tanto golpe y madera con acero, de tanta planta en el vientre y gato encaramado en los lóbulos temporales y los constantes. Sube, por las escaleras de oro, un rey alado muerto por el estallido de su vida inflamada entre las brasas del arquetípico cuento menor que mira desde abajo.Y temprano se apoltronan las paredes junto a la puerta para empezar a salir y abandonar el fulgurante momento de la violencia que repta entre las flores. Doscientos cincuenta pasos en una hermosa relación causal, alejan del llanto que se transforma en baile lejos de las miradas, bajo la copa de un árbol extranjero que promueve la tristeza. Antes de ello, umbrales tras umbrales por los que caen las infinitas gotas de agua de tu sonrisa en el acantilado esmeralda que no termina de erosionar el mar. Los interminables recuerdos de las olas en las que andábamos juntos pero que se recuerdan en número primo impar sin mefistófeles anoréxicos que depositan las mismas alas que el rey ha dejado en el hangar donde está guardado el nonato vestido de novia junto a la guitarra mohosa que un dedo herido jamás rasgó. En ese inmenso baúl te escondes, ogro, esperando que un cíclope pueda reconocer tu perfil junto al árbol, o al menos recuerde que en la oscuridad el recuerdo ya no hace sombras. Pleamar de las memorias aisladas, continentales, que se desmembran en el ropero. El tiempo de la memoria es el mismo camino para sofocar las ansias de biología y geografía. Y entonces, un ogro alado que se cree cíclope y muere en el hangar sin escaleras reales que puedan vestirse de rojo en un cuento atemporal sin recuerdos o velocidades, sin olas, ni mares, ni islas en el horizonte, sin moscas, sin atlánticos, sin penínsulas, sin odios ni violencias, sin imágenes. No hay recuerdo existente, un presente enorme, una gota de lluvia sobre el techo de las pequeñas frases que por millones capturaron tu atención, nunca lo suficiente, su inexistencia actual, actoral. Sólo queda saber dónde están las cenizas de eso tan consumido por las brasas, mientras sostenía el teléfono en el cursi rosal del patio donde se dictaba el seminario, mientras apretaba el freno del carro inmóvil, en las escaleras que sí bajaban al piso, en la circular geometría transparente postrada con mi sangre. No hay más, cenizas y su entierro, flores y sus ataúdes en las bolsas negras que sólo una vez sostuve mirándote. En la esquina a la izquierda, por favor. Sí, caminaré, gracias, necesito hacer un poco de ejercicio, un poco de aire fresco estará bien para los recuerdos.

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