lunes, 12 de julio de 2004

Alegro ma non troppo

Llegó el prisionero, al atardecer del día cuarto del mes de las cruces en el año del señor. Paróse en la esquina, frente al Palacio de las tres coronas. No había una sola alma en la plaza, sólo estaba él, sin corazón, sin rastro de humanidad. Vínose a entregar cuando el sol fallecía en el horizonte, entre las colinas cuyo verdor admiraba a los extranjeros. Impecable en apariencia, el cruel hijo del demonio que matara a sangre fría a cuatro niños, a sus respectivas madres, hizo lo propio con tres hombres que miráronle con el rabo del ojo mientras bebía una cerveza en la barra de la taberna, en el camino al pueblo más lejano. Desenvainó su furia de entre las muelas y acercóse con maligna fermosura a los sujetos junto a él. Pidió un cerillo para encender una vela, y con éste procedió a destripar a los sorprendidos parroquianos, quienes fueron colgados de las vigas del lugar. Es por ello que las autoridades, quienes no desconocían nombre ni lugar de morada del despiadado, ruegáronle que se encarcele. Así ha llegado a la plaza, a que alguien le indique el camino más corto a la celda que ocupará por el resto de su abominable vida. Como condición, sólo ha exigido, el desalmado, que lo haga el hombre que cuidará esa celda todo el tiempo que permanezca cerrada la puerta de la prisión. Vivía en ese espacio sórdido hace más de tres lustros, pero una mañana en la que el aire enrarecido que desciende al reino por los picos del Monte Gris, no descendió, decidió escapar. Muerto el carcelero, amigo del desdichado, no hubo más tropiezos en su camino. Las autoridades, luego de enterarse del asesinato de tres mujeres jóvenes, semejantes en sus características y procedencia, a la mujer de los hijos del maldito, rogáronle nuevamente que cese con sus morbosos asesinatos. Así ha aparecido nuevamente la encarnación de Belcebú, parado en una esquina frente al Palacio, esperando ser conducido por el carcelero que ha de custodiarlo el resto de su vida. Esta vez ha exigido, además, que ningún otro de sus familiares sea asesinado en represalia por sus asquerosas acciones y que alguien señale el paradero de la mujer que amó, la madre de sus hijos. Alguien ha entreabierto la puerta del palacio y rodado la cabeza de la mujer del hombre sin corazón hasta sus pies. El mal nacido ha muerto de pena. Es ya de noche en el pueblo y la gente baila y bebe sangre. Nadie ha levantado el cuerpo hediondo. Una flor nació en la plaza.

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