jueves, 3 de junio de 2004

Funeral masivo

Murió al promediar las 6 de la tarde, en circunstancias tan claras como ella. Ha muerto mamá, en pedazos, asesinada por el cuchillo cortopunzante que llevó siempre sobre la testa. Un par de horas y mucho sufrimiento, tendida en una cama de hospital militar mirando al vacío a través de la ventana con barrotes. Aún quería sostener mi mano la pequeña mujer oculta entre las sábanas. Nadie esperaba que fuera mortal. Sus venas se han inflamado por el oxígeno que los cuerpos muertos desprenden. Murió con tubos en la nariz, como siempre quiso, encadenada al mayor de sus hijos, quien desde ahora se ha declarado muerto en un acto solidario sin precedentes en una familia de confesos individualistas. Acaba de llegar la prensa para retratar los funerales y, sobre todo, los cuerpos aún tibios que se han repartido en toda la ciudad como mártires de los fotógrafos de prensa. Cada uno de ellos más mutilado que el otro. El hermano mayor, solidario, ofreció su cabeza una vez muerto para una cobertura interesante a los necesitados medios locales. La madre ha resucitado de manera espectacular -entre sábanas blancas y luces cenitales- para deleite de los niños creyentes. El padre no ha muerto y una turba enardecida rastrea su paradero para, a través de un acto de amor comunitario, reunirlo con su familia, muerta y resucitada a medias. Los autos han creado su historia de café acerca de esas personas que jamás se conocieron y que la muerte reunió. Los epitafios los han escrito grandes representantes del ambiente cultural más encumbrado, y los alpinistas han descendido para no perderse de tan magnífica ceremonia. Los cajones yacen uno junto a otro, el del padre aún tambalea un poco, pero es sólo cuestión de cortarle los brazos también. En este momento se procederá a leer las últimas palabras escritas con la mano izquierda, por la madre cálida. Lapicero novo y papel Loro para sostener esa monumental frase, ininteligible. Finalmente, los niños se han ido a dormir. Prenden fuego a los ataúdes y devoran las carnes calcinadas con sal y pimienta. Han de comerse los cuerpos anónimos, como si pudieran atragantarse con los leves roces de uno y otro cuando, en vida, eran una familia feliz de esas que mueren siempre separadas.

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