martes, 18 de mayo de 2004

La muerte del invierno naciente

Nunca sentí mucho cariño por él. Lo único que me gustaba era la espada que tenía. Era un sable hermoso con el mango labrado en plata. La hoja era lo más derecho que he visto en mi vida y lo más afilado. Ni siquiera la viperina lengua de su mezquina esposa se comparaba al filo del sable. Con mi hermano no lo mirábamos porque a él no le gustaban esas cosas, pero yo podía pasar horas imaginando que atravesaba la carne de alguien con esa espada de honor de la Guardia Civil. Ahora está internado de emergencia en una clínica y tal vez muera. El abuelo, sin sable. Mi padre sufre. Demasiado filo para hombres.

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